Ana Lanz

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Vanesa Rivera

Siempre lo he dicho. Desde que empecé mi recorrido en la danza sabía a dónde quería llegar y qué quería hacer: prepararme lo mejor posible para regresar al lugar donde nací y compartir ese conocimiento con las próximas generaciones.

Inicié bailando en el maravilloso teatro de Quetzaltenango y me di cuenta que, en el interior del país, el tema de la danza estaba totalmente abandonado. No habían escuelas en donde te pudieras formar a nivel profesional y por eso, tenías que migrar. Siempre estuve de la mano de la docencia, y cuando ejerces como docente, tienes en tus manos una gran responsabilidad. Eso me hizo reflexionar y darme cuenta que para enseñar danza, tenía que prepararme lo mejor posible.  

Decidí mudarme a la ciudad con 15 años, y encontré la Escuela Nacional de Danza, de donde años después, me gradué de bailarina de danza clásica. Recuerdo que cuando llegué, el Maestro Ocampo

Blanca Rosa Quiñónez

BR

«A mí me inspiró una compañera de estudios que tuve en la primaria. Ella me contaba que sus hermanas bailaban ballet, y cuando era la hora del recreo, jugábamos a que ella me enseñaba todos los pasos que sus hermanas hacían en clase. También me contaba cómo eran las zapatillas de punta, puesto que yo nunca había visto nada de ballet y solo me las podía imaginar.
Fue entonces que empecé a pedirle a mi familia que me inscribieran en la Escuela Nacional de Danza. Por fin, cuando tenía como 10 años, mi hermana mayor me llevó a hacer un examen de admisión, pero desafortunadamente ya habían pasado las fechas. Me permitieron entrar a una clase del nivel preparatorio y fue ahí donde me evaluaron y logré ingresar.
Recuerdo muy bien la primera vez que participé en una función del Ballet Guatemala. Estaba en tercer grado de la Escuela de Danza

Consuelo Polantinos

«Mi madre fue bailarina, y desde que cumplí los 5 años, empezó a entrenarme en danza. Gracias a esto, mi hermana Sally y yo ganamos el primer y segundo lugar, respectivamente, en el concurso de “Shirley Temple” que se realizó en Guatemala. Yo estaba feliz de empezar mi camino en la danza, pero en Guatemala todavía no se conocía mucho sobre este arte.
Cuando yo tenía alrededor de 13 o 14 años, vino a Guatemala la maestra Marcelle Bonge y su esposo Jean Devaux. Como no teníamos un espacio o un estudio para ensayar, utilizábamos el patio de su casa, en zona 1. Recuerdo que éramos sólo dos alumnas: Fabiola Perdomo y yo. Luego ellos tuvieron la inquietud de subir el nivel de la danza y consiguieron el apoyo del Gobierno de Arévalo para empezar a formar lo que fue en sus inicios el Ballet Guatemala. Entonces se realizó una

Eddy Vielman

Eddy Portada

Puedo decir que la danza ha sido mi vida entera. Desde el inicio me sentí atrapado por ella. En mi etapa de adolescente yo había visto bailar a grandes personalidades de la danza como Richard Devaux. Él me inspiró a tomar la danza en serio y así fue como empecé a tomar clases. Tenía en ese entonces 14 años.
Mi etapa como bailarín la inicié en el Miami Ballet. Precisamente estaba becado en el Conservatorio de Miami y algunos de los alumnos fuimos seleccionados para pertenecer a la compañía. Ahí pude darme cuenta que la danza es realmente una profesión. Tuve también la oportunidad de pertenecer al Ballet Nacional de Guatemala y desempeñarme como bailarín y coreógrafo.
A partir de un curso que fui a tomar a Bulgaria, la docencia llamó mi atención y empecé a trabajar en ciertas habilidades que tenía que desarrollar para desempeñarme en ese ámbito. Creo que

Dale tiempo al cuerpo

Bianka

 
Por Bianka Novella
Los accidentes y las lesiones suceden aunque entrenemos para fortalecer articulaciones, músculos, tendones, ligamentos; aunque nos desenvolvamos en nuestra zona segura y practiquemos el mismo movimiento docenas de veces. Llegan en lo que parece ser el peor momento: el día antes de la presentación, la mañana antes del examen, la semana antes de empezar un nuevo proyecto, el mes antes de un entrenamiento en el extranjero. Llegan en un instante, a veces tan rápido que solo te das cuenta de lo que pasó hasta que ya estás en el suelo. Llegan con enojo, frustración, preocupación y miedo. Pero llegan a cambiarte la perspectiva por completo y a dejarte claro que sin la danza no te sientes completo.
El proceso de recuperación es más duro y retador de lo que te pudiste haber imaginado el día de tu diagnóstico. Hay días que se sienten eternos y te dejan el alma